Pelar una naranja. Comérsela hasta el infinito. Descuartizarla, examinarla. La operación de una naranja por el puro placer del juguito en los dientes. Finalmente un viaje metafisico nunca es mas que una experiencia cotidiana descascarada. Como comerse una naranja, casi. “Hay que dejar el cuero en el alambre” (¿Dónde habrá escuchado eso?), esa frase tiene mucho sentido ahora, con el calor quisiera nada mas que andar con la carne viva, a ver si así sentía el viento.
La metáfora del viaje de Huidobro le rondaba, la leyeron antes de fumarse el pito. Después follaron, y él sentía que se elevaba, que se desprendía del peso del cuerpo, sentía que la ciudad se hacia pequeña a sus pies. Quería vivir en una azotea, sentirse Dios (¿No es eso, finalmente, lo que sienten los poetas?) ¡Que orgasmo! Después ella se durmió. Siempre duerme y él la observa, por el calor, calor de mierda que hay a esa hora en el piso que no lo deja dormir. Pero dormir no importa. Después del coito (¿o del pito?) él siempre escribe poesía (pura mierda) y la mira. Las dos cosas. Ojos abiertos de ella, se comen unas naranjas, fuman (¿o fue antes?), hablan. Juegan. Él no quiere hablar. Todo son palabras que lo aprisionan: colegio, la carrera a medias, los viejos, la pega. Luego ella: la musa, la liberación. Solo jugando se es libre, palabras sobran. Como pelar una naranja. Es muda, ella es muda.
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