Por primera vez en mucho tiempo siento la necesidad de sacar la mierda de dentro.
Porque es eso, antes no, ahora se está pudriendo un cariño mezclado de pastos y chocolates. Se está pudriendo porque ya no le importa, ya que se queda la tierra ahí, en la tierra, no le importa. Ya que se muere, poquito a poco, la vida que iba en la garganta, lo que podría haber sido pero no fue.
Y vamos otra vez dándole la vuelta al mundo saltando en una pata, porque ni eso me dejaste, ni un pañuelo pa bailar.
Vamos sacando lento la fruta que quedó en el cajón desde el año pasado y por los siglos de los siglos, porque tarde me vine a dar cuenta que nunca importó mucho. Tarde me vine a dar cuenta que por mucho que yo escriba y me gaste en palabras e ideas gueonas y sueños peores, siempre hay uno que me recibe con el pecho abierto y los ojos cerrados, como haciendo un amago de quererme, como haciendo una burla de que lo amo, porque no puede ser más que una burla si apenas lo busco desesperada entre recuerdos y sonrisas encontradas en el pasillo de una casa vieja, me da la espalda y se ríe. Ya no puedo con las risas bajas. No puedo más dejarme caer en cuerpos que no me quieren más que en el romanticismo del momento, pero llegada la bifurcación de los caminos se van volando lejos y entregando cuerpos y amores míos a los cielos y a quizás donde.
Por eso voy de a poco queriendo limpiarme, y me cuesta porque es otra vez el mismo proceso que después haré en reversa. Porque si de algo estoy segura es que mi cuerpo está buscando un lugar donde acomodarse y ponerse a dormir. Y resulta también que cada vez puedo menos porque la voz se me rompe y mi cuerpo no fue nunca tan lindo, y además los buitres se comen poquito a poco la sonrisa que yo tenía.
Y así llega sin saberlo la primera vez que mi cuerpo se cansa y se enoja y quiere escupir el amor muy lejos. Porque se aburrió de poetas jipis, de llorones a sueldo, de drogadictos invisibles, de muertos que no existen y de pájaros que no cantan.