sábado, 25 de septiembre de 2010

Ecos del sueño

Voy a abrir las ventanas de mi casa. Quiero que entre el sol y el viento traiga consigo las arenas del desierto perdido en el infinito, que dejamos en una hoja de block, nuestro dibujo sin terminar.
Voy a dejar que el viento se lleve las cenizas que guardo en un cajón y esperar que la lluvia las lleve muy lejos, hasta el océano que se pierde tras los ojos de la gente que se duerme sin saber que mañana quizá estén en un tren, en un viaje eterno a la nada, donde sus errores serán la carne con la cuál se alimentarán.
Quiero que las cenizas de mi cajón se filtren en el agua de llave, que la ducha me deje un olor a polvo y a fuego, que queme mi piel y exponga las cicatrices que llevo dentro, en los órganos más escondidos, que las cicatrices sean visibles, para así nunca olvidarlas.
Espero que al abrir las ventanas mi piel se quemé al sol, quiero una metamorfosis veraniega, que mis ojos se oscurezcan y escondan lo que no debo decir. Porque en mis ojos se escribe el cuento de cada día.
Quizá, me gustaría hundirme, en el mar, bien lejos, entre islas pantanosas y leyendas podridas, en el mar frío del sur del mundo, de un rincón olvidados por el sol, hundirme y llegar hasta donde me crezcan branquias, como en un sueño que alguna vez conté.
O tal vez llorar por las noches, despertar ahogada en llanto y rabia contenida, porque de día no puedo gritar, de día hay que callar y sonreír. Tal vez esperar que el huracán nocturno me traiga un sueño bonito.
Una limpieza profunda.
Que se muestren las cicatrices escondidas y no olvidarlas más.
Para que la memoria no se pierda, escribir en papeles los llantos nocturnos.
Callar lo que dicen los ojos, darles ese trabajo a las manos y los besos.
Limpiar el cuerpo con el viento ceniciento.
Hacer desaparecer los desiertos del cuerpo.
Crear nuevos océanos.

sábado, 4 de septiembre de 2010



Que rico sentir el calorcito, primavera en mi cara. EN mi boca y mi cuerpo el sol entra de a poco y se toma mis venas. Lo órganos funcionan como un instrumento de cuerda, bien fino y bien dulce el sabor que deja. Como la vida que pasa y que no para. Como mi vida que avanza sin que yo pueda decidir como.
Pero la primavera me deja parar un rato, me invita a sentarme en un parque, a sacarme los zapatos y la ropa y tenderme boca arriba mirando el cielo citadino. Que está bien limpio porque ayer llovió. Y porque para darme el gusto solo miro desde abajo, aun no es tiempo de ir al cerro, aun no es tiempo de comer tierra ni de dormir en el pasto húmedo de agua profunda de rocío.
Ahora es tiempo de detenerse. Es tiempo de caminar descalza en el pavimento y tomar de la mano a nadie. Es TIEMPO.
Tiempo que se va y que avanza lento atravesando la cordillera y el atlántico, que se acerca enorme e inexplorado. Porvenir. Porvenir mio y propio donde elijo subir al fin a la montaña y dormir en la nieve. La primavera me regala un poco de vida condensada.
Me regala una mañana de sol y una noche tranquila y sin estrellas que mirar. Me regala una cordillera cubierta de nubes, llena de fríos lejanos y vientos que llevan a las personas. Me regala un asiento. Me invita, como espectadora, al espectáculo maravilloso de mi. Mi vida pasando lenta y ansiosamente frente a mis ojos, y me invita a saborear la irresponsabilidad de no hacer nada.
Tengo un día de sol entrando por mi boca y quiero dormirlo entero.
Luego me toca caminar mucho. Años enteros. Cruzar cordilleras y océanos. Esperar que mi cuerpo se congele. Dejar que mis órganos fallen. Dejar la voz desaparecer. El porvenir...
Hoy voy a dormir en el pasto.