Hay una cosa media turbulenta bajo mi piel, como a la altura del pecho, las primeras costillas, por ahí, que no me deja pensar tranquila. Tampoco es que quiera pensar en este mismo instante, pero esta turbulencia apretada no me deja volar tampoco. Me tiene prisionera un sentimiento del que no soy responsable ni pienso
serlo. No tengo ganas de ponerme a llorar ni mucho menos tengo ganas de sentirme mal.
Estoy a punto de nacer, las terminaciones nerviosas aún no son, y el corazón es muy grande pa tan poca vida, a veces. No quiero cargar pesos antes de siquiera saber caminar, porque esa cosa no tiene ningún sentido ¿se comprende?
Tampoco tiene sentido saltar por la ventana, ni evitar las conversaciones obligadas, ni dibujar pajarillos en rayas amarillas porque así lo veo. No tiene sentido esperar eternamente algo que es más ligero que el aire, más efímero que el aire. No tiene sentido esperar que los pájaros vengan a comer de mi mano y, más encima, vuelen lejos cuando a mi me de la gana. No, eso no existe y habría que dejar de pensar que si.
Puras mentiras.
Tampoco quiero escuchar gritar.
Los sonidos son como colores, dentro de los ojos bien cerrados, mutan y transmutan como el gua o como el fuego o como los sueños, que son puro ruido mental. Así que mi mente se pinta con rayas de colores que entran fuerte, violentamente, agresivas y me hacen perder la razón (Otras veces los sonidos son los de los pájaros cantando y yo dibujo rayas amarillas en el dibujo que es un útero, el de mi nacimiento).
Puros pájaros. Hoy me di cuenta que mi vientre le pertenece a dos pájaros que vuelan lejos y que no escuchan cuando grito. Estos pájaros que cantan a veces no tienen idea de que en la tierra, en el mar también, a nosotros nos cuestan las cuerdas vocales y el sueño intentar tenerlos acá, con nosotros (o que nos enseñen a volar).
Y es verdad. No podría serlo más. Las cosas, los días, se deshacen en las manos y avanzo lento pero con el corazón palpitando tan fuerte que forma terremotos y huracanes, pero es lento como camino para que no siga desapareciendo la huella, el camino que se veía tan clarito desde un poco más atrás, pero en verdad no hay nada que mis manos puedan hacer. Estoy frita.
Y es aquí donde parte todo, como una voltereta hacia atrás el tema de la turbulencia interna a la altura del pecho por culpa de los escapistas gatos y de los escapistas hermanos y del pájaro amarillo y del pájaro verde. Así están las cosas (mufasa no se queda atrás tampoco, señores, acá el matriarcado por muy bien instalado que parezca, a veces flaquea y ahí está él, con su melena peinadita, listo para correr a mi) por acá, sigo esperando ver la luz el día del parto. Sigo soñando con que las branquias se van a quedar conmigo y sigo esperando.
Esperar y disfrutar. A pesar de la turbulencia. Qué otra!